LOS MEJORES AÑOS DE LA VIDA... Por Adolfo Marsillach

Iba para ola y se moría. Iba para aire y se estaba muriendo. Iba para MARI TRINI y estuvo a punto de morirse.

- El cura se acercó a mi cama para darme la extremaunción. Cuando sus manos tocaron mis pies, me agarré a la vida con tanta fuerza, que aquí estoy. Tenía entonces once años y una infancia desesperada como un mal sueño.
Ha decidido ser feliz. Lo querría escribir en las paredes si la dejaran, en los álbumes de fotos si los tuviese, en las flores marchitas si las coleccionase. Como esos colegiales que escriben cien veces en el cuaderno algo que no acaban del todo de aprender. O que quizá, un día, podrían sentirse tentados de olvidar.

- Mi padre vivía en Murcia y mi madre en Madrid. Estaban separados; bueno, un poco como se separaban los matrimonios en aquella época, pero separados. Me acuerdo del tren. Y de las llantinas cuando dejaba a uno para marcharme con el otro. Mi vida era un largo trayecto entre dos estaciones solitarias. Después, cuando murió mi padre, acepté la estimulante responsabilidad de elegir mi camino. Cogí una gabardina y un bolso –nada más- y me fui a un hotel. Mi madre, claro, se quedó llorando. Y yo también. Estábamos pagando entre las dos el precio de mi libertad.

Las grandes palabras: la libertad…, la independencia…, la rebeldía…, la vida…, la muerte…
- Y el amor. Siempre hay que cantarle al amor y al mar.

- ¿Cómo eras tú antes de ser “esa niña, si, no esa no soy yo”?
- A los dieciséis años yo siempre iba con un vestido negro y unas botas camperas. Más o menos como si estuviera interpretando un personaje. Una vez me presenté a Nicholas Ray, que tenía un local en Madrid y que proporcionaba “audiciones” a algunas gentes que querían entrar en el mundo del espectáculo. Recuerdo que aquel día resolví ponerme “normalita”: una falda de nylon plegada, una blusa discretísima y… bueno, dentro del sostén un poquito de algodón para causar más efecto, ya me entiendes. Total, que me lancé a cantar con mi guitarra a cuestas, y cuando terminé, Nicholas Ray me dijo que yo tenía mucho talento como actriz y se me llevó a Londres.
- ¿Y lo tenías?
- ¿Talento? No lo sé. La verdad es que me hubiera gustado ser actriz. De cine, porque el teatro me da mucho miedo. Lo que pasa es que nunca me lo han propuesto. Ya sabes, en este país el físico…
- Está preocupada con su físico. Tiene esa coquetería fantasiosa de los enfermos imaginarios. Dice mucho que se ve pequeña, delgada…
- Es que las gorditas se están volviendo a poner de moda y a mí esto me preocupa. Porque… mírame a los ojos: ¿a ti no te gustan las gorditas? - No, Mari Trini, a mí ya sólo me gustan las que me hacen caso.
- No te creo. ¿Sabes lo que me pasa? Pues que tengo las caderas demasiado estrechas. Como un chico. A lo mejor por eso nunca me imitan los “travestis”.-
-A lo mejor. Pero… nos habíamos quedado en Londres con Nicholas Ray. ¿Qué pasó luego?
- Bueno, en Londres estuve unos meses, conocí gente… James Mason… Polanski… Trabajé en un programa de Peter Ustinov… Después, la película de Ray no se rodó… Me quedé en la calle… y me fui a París. Lo pasé bastante mal. A cambio me hice amiga de algunas personas que me ayudaron a madurar… tal vez prematuramente: Jacques Brel, sobre todo. A los cinco años volví a España. Este regreso fue determinante. España terrorífica. Parecía como si cantar en castellano estuviera mal visto. Con frecuencia, algunos cantantes imitaban acentos de otros países para simular que eran extranjeros.
- Y tú luchaste contra esta costumbre. - Yo y otros. Muchos. Fue una batalla difícil. Acabé cantando en un pequeño cabaret de Orense emparedada entre la “vedette”, la “supervedette” y el “travesti” de turno. Hasta que un día cambié de casa de discos; Waldo de los Ríos creyó en mí, me contrataron en Hispavox y llegó el triunfo.
- ¿Este fue el mejor momento de tu vida?
- Este y otro especialísimo cuando di un recital en el Palau de Barcelona y Montserrat Caballé entró a felicitarme. En aquel minuto me quedé aún más pequeñita de lo que soy.
- Te habías ganado el derecho a la gloria.
- A la gloria y al ascensor. Porque a mí hasta entonces me obligaban a subir a pie las escaleras. Felicitarme Montserrat Caballé, obtener un enorme éxito y permitirme utilizar el ascensor del Palau fue todo uno.

-Los caminos de la fama son insospechados. Llenos de puertas, de pasillos o de ascensores. Mari Trini da la impresión de conocerlos todos y, sin embargo… Mira de una forma, abraza de una manera… Pocas veces he conocido a alguien con tanta necesidad de recibir y de dar –sobre todo dar- amor. Es como un náufrago que no se atreviera a creer en los naufragios.
- No hay naufragios. Solamente hay estrellas. Y a mi se me ha caído una estrella en mi jardín.
- Eso… ¿es verdad o el título de un disco?
Las dos cosas. Una noche una estrella cayó en mi jardín y se quedó conmigo. Lo voy a decir cantando. ¿No crees?

- Le contesto que sí, y se marcha con la mirada húmeda de los poetas doloridos.